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Por fuera, todo bajo control

Claudia Morassutti

Desde afuera, la escena es tranquilizadora. Alguien que cumple, que sostiene, que resuelve, que rara vez pide ayuda porque parece no necesitarla. Alguien que llega a tiempo, que responde los mensajes, que se acuerda del cumpleaños de todos. Nadie mira dos veces, porque no hay ninguna señal visible de que algo no esté bien. Y sin embargo, por dentro, esa misma persona se está desarmando en silencio, pieza por pieza, sin que nadie lo note. Ni siquiera ella misma, muchas veces.

Ese contraste tiene un nombre menos hablado que la tristeza o la ansiedad: abandono de una misma. No es dramático. No se parece a una crisis. Se parece, más bien, a una costumbre: decir que sí cuando el cuerpo entero está diciendo que no. Sostener a otros en momentos en los que también hace falta ser sostenida. Guarda silencio sobre lo que duele, porque nombrarlo parece un problema más grande que soportarlo callada.

Se aprende temprano, casi siempre. Aprender que mostrarse necesitada incomoda. Que expresar una herida puede ser leída como una carga. Que ser “la fuerte”, “la que no se queja”, “la que resuelve todo” trae aprobación, mientras que muestra lo que realmente se siente puede traer distancia. Con el tiempo, ese aprendizaje deja de sentirse como una estrategia y empieza a sentirse como una identidad: “así soy yo”, cuando en realidad es la forma que se encontró, hace mucho, para seguir siendo querida.

El problema es que sostener esa imagen tiene un costo que se paga en silencio. Cada vez que se calla una necesidad para no incomodar, cada vez que se acepta algo que en el fondo duele para evitar un conflicto, cada vez que se esconde una parte de la propia historia por miedo al juicio, se abandona un poco más a quien realmente se es. Y esa distancia, sostenida durante años, no desaparece sola. Se acumula, hasta que un día aparece la pregunta, casi siempre en la soledad de la noche: ¿en qué momento dejó de estar de mi lado?

Hay algo particularmente doloroso al descubrir que ese abandono no vino de otra persona, sino de una misma. Es más fácil identificar cuando alguien más nos falla. Es mucho más difícil reconocer las veces en que, para evitar perder a otros, se optó por perderse a una misma. No hay villano en esta historia, solo una estrategia de supervivencia que funcionó durante mucho tiempo y que hoy pesa más de lo que protege.

Volver hacia una misma no requiere gestos grandes ni cambios inmediatos. Empieza en lo pequeño: notar cuándo se dice “sí” queriendo decir “no”. Permitirse mostrar una grieta sin que eso implique una debilidad. Elegir, aunque sea una vez, no resolver el malestar de otro a costa del propio. Son movimientos pequeños, pero cada uno de ellos es una forma de dejar de abandonarse.

Lo difícil de este proceso es que no siempre resulta fácil verlo desde adentro. Cuando se lleva tanto tiempo sosteniendo una imagen, cuesta distinguir dónde termina la máscara y dónde empieza una misma. Por eso ayuda, muchas veces, encontrar el propio reflejo en una historia distinta: en personajes que también aprendieron a esconder lo que dolía, y que un día tuvieron que decidir si seguían huyendo o si finalmente se quedaban.

A veces, ver este patrón reflejado en una historia ajena ayuda a reconocerlo en la propia vida de una manera que ningún consejo directo logra. Por eso escribí una novela que sigue a seis personas distintas, cada una escondiendo algo, cada una sosteniendo una versión de sí misma que ya no puede seguir sosteniendo sola. Y mientras se sientan, cada jueves, frente a la pantalla, queda una silla más, reservada para quien decida leerlos desde afuera y, sin darse cuenta, empezar a mirarse desde adentro.

Quizás esta historia también tenga algo para decirte:  https://terapiaclaudiamorassutti.org/quien-se-queda-cuando-todos-se-van/