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El deseo no desapareció: aprendió a callarse

Claudia Morassutti

Se puede nombrar el cansancio. La rutina. El estrés, los hijos, el trabajo, la falta de tiempo. Son explicaciones cómodas, y en parte son ciertas. Pero debajo de esas explicaciones suele haber algo más difícil de decir en voz alta: hace tiempo que el deseo no aparece como antes, y no queda del todo claro desde cuándo, ni por qué.

Es fácil pensar que el deseo es algo que simplemente se tiene o no se tiene. Que está o se fue, como si fuera un interruptor. Pero el deseo no funciona así. Cambia con la vida, con el cuerpo, con la historia de cada una, con lo vivido en cada vínculo. Y muchas veces no desaparece: se transforma en otra cosa, se esconde detrás de la exigencia, o simplemente aprende a callarse porque, en algún momento, expresarlo trajo más incomodidad que placer.

Esa es la pregunta que casi nunca se hace en voz alta: cuánto de la propia sexualidad fue realmente elegida, y cuánto fue aprendiendo. Aprendido en la familia, en la educación recibida, en las primeras experiencias, en los mensajes —dichos o silenciados— sobre lo que una mujer podía sentir, pedir o disfrutar. Esos aprendizajes no siempre llegaron como reglas explícitas. A veces fueron un silencio en el momento justo. Una mirada de más. La sensación difusa de que ciertas cosas no se preguntan.

Con los años, esos mensajes se vuelven invisibles. Ya no se sienten como algo aprendido, sino como una verdad sobre una misma: “así soy”, “nunca fui muy de eso”, “será que no me interesa tanto”. Pero detrás de esas frases, muchas veces, no hay una falta de deseo. Hay una relación con el propio cuerpo y el propio placer que se construyó desde la exigencia, el deber o la mirada ajena, y que rara vez tuvo espacio para preguntarse qué se desea realmente, sin esa de fondo.

El placer, en ese contexto, deja de sentirse como una experiencia y empieza a sentirse como una tarea. Algo que hay que lograr, sostener o demostrar. Y cuando el placer se convierte en rendimiento, es lógico que el cuerpo se retraiga. No porque algo esté fallando, sino porque disfrutar bajo exigencia es, en sí mismo, contradictorio.

Reconectar con el deseo no depende de aprender técnicas nuevas ni de esforzarse más. Depende, primero, de poder observar esa relación con honestidad: qué se aprendió a sentir como propio y qué en realidad nunca fue una elección. Depende de distinguir entre el deseo que nace de una misma y el que responde a lo que se espera —de una pareja, de una etapa de la vida, de una idea de lo que “debería” sentir—. Y depende, sobre todo, de permitirse hacer esa pregunta sin apuro y sin juicio: ¿qué es lo que yo deseo, más allá de lo aprendido?

No hace falta tener esa respuesta resultado para empezar a buscarla. De hecho, pocas veces se llega con la pregunta tan clara. Se llega con una sensación: la de que algo, en la relación con el propio cuerpo y el propio deseo, no está pasando como se quisiera. Y esa sensación, aunque incómoda, suele ser el punto de partida más honesto que existe.

Explorar esto acompañado —con presencia, con tiempo, sin la urgencia de resolverlo todo de inmediato— puede abrir una relación distinta con el propio deseo: más consciente, más libre de exigencias, más propia. No se trata de alcanzar una meta concreta ni de cumplir con una nueva expectativa, esta vez disfrazada de libertad. Se trata de dejar de vivir el deseo desde el deber, y empezar a escucharlo desde una misma.

Ese es el sentido de un espacio donde poder hablar de esto sin juicio, y ver con calma si es el momento de mirarlo de otra manera.

Si sentiste que es momento de mirarlo de otra manera, conversamos:  https://terapiaclaudiamorassutti.org/charlemos/