Algo empieza a sentirse bien, y un segundo después aparece otra voz. No pregunta si está pasando algo agradable. Pregunta si eso está permitido. Si está bien sentirlo así, con esa intensidad, en ese momento, de esa manera. Y ahí, justo ahí, el placer se interrumpe, aunque el cuerpo siga en la misma posición.
Esa voz no aparece antes de sentir. Aparece exactamente cuando el placer empieza a tomar forma, como si necesitara algo agradable para activarse. Y eso confunde, porque se vive como si el problema fuera el deseo en sí, cuando en realidad el problema es esa vigilancia constante que se instala justo ahí, en el medio.
Nadie nace juzgando su propio placer. Esa mirada crítica se construye, casi siempre, a partir de mensajes muy tempranos: lo que se podía sentir y lo que no, lo que estaba bien nombrar y lo que era mejor callar, lo que una “buena” versión de una misma podía desear sin culpa. Con el tiempo, esos mensajes dejan de sonar como una voz externa y empiezan a sentirse como una parte propia, casi automática, difícil de distinguir del propio criterio.
Por eso cuesta tanto identificar de dónde viene esa culpa. No se presenta como un recuerdo ni como una regla concreta. Se presenta como una sensación difusa de estar haciendo algo indebido, incluso cuando racionalmente se sabe que no hay nada malo en lo que se siente. Esa distancia entre lo que se sabe y lo que se siente es, muchas veces, el corazón del problema.
Algo parecido ocurre con las fantasías. Una imagen aparece en la mente, y de inmediato surge la pregunta: ¿qué dice esto de mí? Como si imaginar algo obligara a sostenerlo, a explicarlo, a juzgarlo. Pero fantasear no es lo mismo que decidir, y desear algo en la imaginación no compromete a nada en la vida real. La mente explora libremente cuando se le permite; el problema aparece cuando cada exploración se convierte automáticamente en una sentencia sobre el propio carácter.
Esta vigilancia constante tiene un costo silencioso: convierte el placer en un territorio vigilado, donde resulta más fácil observarse desde afuera que habitarse desde adentro. Y cuando la atención está puesta en evaluar si lo que se siente está bien o mal, queda muy poco espacio para simplemente sentirlo.
Salir de ese patrón no depende de convencerse racionalmente de que “no hay nada malo en disfrutar”. Esa frase, aunque cierta, rara vez alcanza, porque la culpa no responde a argumentos lógicos: responde a aprendizajes antiguos, sostenidos durante años. Lo que sí ayuda es empezar a reconocer esa voz cuando aparece, sin pelear con ella ni obedecerla automáticamente. Notar: “esto es la voz aprendida, no necesariamente la verdad sobre lo que estoy sintiendo.” Ese simple reconocimiento ya empieza a abrir una distancia distinta.
Con el tiempo, ese trabajo permite construir otra relación con el propio placer: una donde sentir no requiere primero pedir permiso, y donde una fantasía puede existir sin convertirse en una acusación. No se trata de eliminar por completo esa voz crítica —probablemente siempre aparezca en algún grado— sino de dejar de darle la última palabra sobre lo que se permite sentir.
Reconocer esta dinámica en una misma no es sencillo, y hacerlo en soledad puede ser lento y confuso. Tener un espacio para poner esto en palabras, sin juicio, con alguien que entienda de dónde vienen estos aprendizajes, puede ser el primer paso para empezar a desarmarlos.
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